El viaje de un recluta (I)

Hoy, 27 de febrero de 2020, hace 100 años que Pedro González Cabot salió de Úbeda con destino a Melilla e inició un viaje solo de ida.

En los últimos días de enero de 1920 se publicó la orden para que todos los reclutas del reemplazo de 1919, un total de 117.305 chicos de 21 y 22 años, de toda España, se concentraran en sus respectivas cajas de recluta durante los días 20, 21 y 22 de febrero. Era el primer paso en firme para iniciar su servicio militar obligatorio que tenía una duración de 3 años. Sin duda alguna las familias de todos los reclutas temblaron de miedo ante el bando que cada ayuntamiento hizo público durante esos días anunciándolo. Ir a la caja de reclutas significaba dejar atrás la seguridad del ambiente familiar y jugar en el peligroso juego que suponía entrar en la terrible lotería donde se sorteaban los destinos de los reclutas: ir o no a África, significaba en definitiva ir o no a una guerra. Un juego que venía marcado por un simple número que era otorgado al azar a cada uno de los mozos.

Así pues, los días previos al 20, 21 y 22 de febrero Pedro, junto con sus compañeros de reemplazo de Santisteban dejaron el pueblo atrás y empezaron una marcha de más de 30 kilómetros hacia Úbeda, lugar donde se ubicaba su correspondiente caja de recluta. Era normal que para despedir a los mozos los pueblos les ofrecieran una fiesta, la llamada fiesta de los quintos, un primer paso en su etapa de madurez, un ritual social donde el adolescente se convertía en adulto, seguramente ante la presencia emocionada de sus padres y seres queridos que le ofrecían la fiesta a modo de despedida y homenaje. No tenemos datos que nos indiquen la forma en que los aproximadamente 23 hijos de Santisteban completaron los casi 40 kilómetros de distancia entre el pueblo y Úbeda, pero seguramente lo hicieron o a pie (cosa improbable ya que como mínimo llevarían una maleta cada uno, lo que haría la marcha muy penosa) o usando algún transporte rústico de tracción animal, alguna carreta, diligencia o carro tirado por mulos. Los más pudientes quizá alquilasen un taxi colectivamente para hacer el camino más fácil, pero desde luego debían ser los menos. Y es que en esa época el transporte por carretera de viajeros era algo muy inusual, y no sería hasta 1924 cuando se realiza la primera organización del transporte por carretera en España. Aunque Santisteban no está en un lugar especialmente remoto, al ser un área rural es bastante difícil que hubiera algún tipo de línea regular de viajeros; aunque sí que existían ya ese tipo de transportes en muchos lugares de España. Era una época donde el ferrocarril libraba una durísima batalla con los vehículos automóviles por la hegemonía del transporte regular de viajeros.

Lo que sí sabemos es que desde el momento en que dejaban atrás su hogar y llegaban a su destino final (que aún no conocían) se les daba una hoja de movilización que les permitía viajar por ferrocarril a cuenta del estado. Sin embargo no todos los viajes podían hacerse por este medio, como era el caso para cubrir la distancia entre Santisteban y Úbeda. Además, la ley nos dice que eran «socorridos con 0,75 pesetas diarias» que les daban «los comisionados del ayuntamiento, que debían de acompañarlos» hasta la llegada la caja. Así pues, Pedro y sus compañeros de quinta recibían una pequeña paga diaria para sus gastos que les daba un representante nombrado por el ayuntamiento, dinero que luego la caja de recluta debía abonar a dicho representante para devolver a las arcas municipales. Haciendo cuentas, si debían estar en Úbeda entre el 20 y el 22 de febrero, es de esperar que salieran del pueblo alrededor del día 18 o 19 de febrero, teniendo en cuenta la distancia y la precariedad de los medios de transporte de la época, que ya hemos comentado. Sabemos, además, gracias a la información que me ha facilitado Pedro Salido López, que el ayuntamiento de Santisteban, en sesión celebrada el 14 de enero de 1920, nombró a Antonio Álamo como el alguacil encargado de acompañarles hasta Úbeda, con una retribución de 25 pesetas. Al llegar a Úbeda Antonio debió de despedirse emocionado de todos sus paisanos; él regresaría a Santisteban mientras los mozos se quedaban en Úbeda a la espera del sorteo.

Transporte de viajeros en la línea Lorca-Baza, aproximadamente en 1917. Foto extraída del grupo de Facebook Almería en blanco y negro.
Transporte de viajeros en la línea Lorca-Baza, aproximadamente en 1917. Foto extraída del grupo de Facebook Almería en blanco y negro.

Las cajas de recluta solían estar en capitales de provincia y localidades que eran cabeza de partido. Básicamente eran meras oficinas militares administrativas cuya principal función era la de organizar el paso de la vida civil a la disciplina de la vida militar de los muchachos que componían el cupo de filas. A ser posible, solían estar ubicadas en localidades que disponían de estación de ferrocarril, o tenían fácil acceso a una, el objetivo era facilitar el movimiento y transporte masivo de los mozos y el ferrocarril era el único medio terrestre que lo permitía. Aún no he podido localizar el lugar exacto de Úbeda donde estaba ubicada su caja de recluta (la número 15 según la nomenclatura oficial) pero estoy camino de encontrarla. Las plantillas de estas oficinas se componían de apenas un puñado de militares que, en épocas de reemplazo se reforzaban por más personal. Así pues, no se trataba de acuartelamientos donde dar cobijo a los reclutas que llegaban de todos los pueblos que dependían de dicha oficina. Esta situación obligaba a los reclutas a que, durante el tiempo que duraba el período de llamada a caja y se efectuaba el sorteo y eran mandados a su regimiento de destino (aproximadamente una semana) su alojamiento dependiera de sus propios recursos. Hasta 34 pueblos de la provincia de Jaén componían la caja de recluta de Úbeda y el reemplazo de ese año, el de 1919, se componía de un total de 769 mozos; 769 chicos que deambulaban por Úbeda ociosos pero temerosos por su futuro inmediato; 769 muchachos recién salidos de la adolescencia que lo único que tenían que hacer es esperar el sorteo que marcaría su destino y la vida de una gran parte de ellos. Los pudientes podían buscar fondas baratas donde poder pasar esos días; los que tenían suerte contaban con casa de familiares o conocidos y los menos favorecidos seguramente hacían noche a la intemperie. Para esos muchachos era la primera toma de contacto con un mundo que, a partir de ahora, les iba a tratar con menos consideración con que los había tratado hasta ahora la dura vida civil de la época, que ya era bastante. Con anterioridad, según los plazos de las leyes de reclutamiento, un muchacho llegado a la caja de recluta aún tenía opciones de ser rechazado si tenía alguna alegación pendiente. Sin embargo, con la ley de 1912, que es la que regía el funcionamiento de este proceso en 1920, a no ser que sea un caso extremo (los reclutas eran de nuevo tallados y pesados para cerciorarse de que eran útiles), cualquier recluta llegado a caja casi con toda seguridad terminaba convirtiéndose en soldado. El tiempo de las alegaciones y las reclamaciones había quedado atrás, como pasó con las que presentó Pedro González Cabot.

Hoy, en la actualidad, todo el fondo documental de la caja de recluta Úbeda está desaparecido y lo que sabemos de ella es por referencias externas y datos de acuerdo con las leyes y reglamentos que regían su funcionamiento en general. Cientos, miles de expedientes que nos hablaban de aquellos muchachos, de cómo eran, de su salud, de su estatura, de sus orígenes; documentos que nos decían sus nombres, de donde eran, quiénes eran sus padres… componen todo un tesoro documental que ahora mismo está perdido. Así, sabemos que el día marcado para el sorteo a África fue el día 22 de febrero de 1920. Para ese día ya tenía que estar todo el contigente formado. Cualquier soldado que faltara sin autorización ni justificación sería declarado prófugo. Si era localizado con posterioridad cumplía su tiempo en el servicio militar al completo y sufría la pena de ser destinado sin sorteo, el castigo por su indisciplina era ser enviado a África. ¡África!, Marruecos era una pesada losa para la sociedad española y ese día 22 de febrero marcó el destino de miles de soldados en toda España. Solamente a Melilla fueron destinados 7.188 soldados de reemplazo. La mayoría de ellos aún siguen sin localizarse sus cuerpos.

Sin entrar en detalles, sabemos cuál era el mecanismo del sorteo y dos datos marcaron el porvenir de Pedro González Cabot. El primero su altura, 170 centímetros lo convertía en un gigante, teniendo en cuenta que según datos oficiales, la media de altura de los soldados españoles en 1920 apenas superaba los 160 cms. Los reclutas más altos se reservaban para ciertos cuerpos, y uno de ellos era Artillería. Eso lo marcó para su regimiento de destino; su corpulencia y su fuerza lo hacían perfecto para ser destinado al cuerpo de Artillería, para ser usado básicamente como mozo de carga, debido a que era completamente analfabeto según su expediente de reemplazo conservado en el Ayuntamiento de Santisteban. El segundo dato, que lo intuimos pues como se ha dicho se ha perdido toda la documentación de la caja de Úbeda, es que su número en el sorteo debió de ser bajo, ya que los números más bajos del sorteo, por ley, tenían como destino las comandancias generales que España tenía en el Norte de Marruecos. Una en la zona del protectorado, Larache, y una en cada una de las dos plazas nacionales: Ceuta y Melilla. Los números más bajos del sorteo tenían el mismo destino que la pena y el castigo que sufrían los prófugos: África.

Una vez que la suerte echó sus cartas el destino de todos ellos ya estaba decidido. Ya solo quedaba algún trámite administrativo, como el celebrado el día 25 donde se establece el destino a cuerpo y el día 26 en el que se ordena emprender la marcha de todos los reclutas hacia su destino final. Todo ello completamente detallado en la ley de 1912. El control de los mozos era total. La marcha de los reclutas es inminente y sabemos que Pedro González Cabot inició su marcha el mismo día 27 de febrero de 1920 porque según el artículo publicado por el Teniente Coronel Antonio García Pérez, que sin duda debió tener acceso a su expediente como soldado, indica que «ingresó en el servicio el 27 de febrero de 1920». Es un dato importante que se confirma, primero, porque la orden de marcha ya se dio el día 26 y además, porque según la ley de reemplazo de 1912 en su artículo 241 establece que: «A partir de las fechas en que los reclutas hayan sido destinados á las unidades orgánicas del Ejército y revistados como pertenecientes á las mismas, tendrán derecho al haber y pan que, como soldados en filas, les corresponde». Una vez que inician la marcha, pues, son considerados soldados y pertenecen al estamento militar.

Extracto del Artículo «El año 1921 en los campos de Melilla», publicado en el n. 283 de julio de 1922 en la revista Nuestro Tiempo, donde el Teniente Coronel Antonio García Pérez nos dio dos datos fundamentales: el lugar de origen de Pedro González Cabot y el dato de la fecha de su incorporación al ejército

El siguiente paso sería realizar el viaje que llevará a Pedro a un puerto de embarque en el litoral de Andalucía que le llevará a su destino, a Melilla. Pedro, y alguno de sus compañeros del pueblo, no volverían jamás a ver la tierra roja de Santisteban.

Mapa de líneas ferroviarias en Andalucía en 1920. Fuente: Atlas de historia económica de Andalucía. Ss XIX-XX.
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